Estaban ambos tumbados boca arriba sobre el pasto. Sus miradas se habían perdido hacía varios minutos en el cielo: negro como pocas veces, el contraste con las estrellas era fabuloso; tenían suerte de poder estremecerse ante tanta inmensidad juntos, de compartir esa humildad cósmica. Era de esas cosas que los unían como pareja.
Él estaba medianamente agradecido de que no estaban mirándose el uno al otro. Era consciente de que estaba frunciendo el ceño preocupadamente, pero le era difícil imitar una falsa calma. Si ella lo viera, lo atormentaría a preguntas; no quería intranquilizarla.
Su viaje imaginario comenzó cuando se dió cuenta que ya habían pasado 3 veranos juntos en aquellos prados verdes. Si todo había sido tan rápido, ¿cuánto tiempo más llevaría para que algo los desuna, los haga olvidar el uno al otro?
Recordó con lujo de detalles todos los abrazos que se habían dado, ¿alcanzaba con que sólo ellos dos los sientan?
(más…)