La tecnología como un medio

sep 10
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“Se ha vuelto terriblemente obvio el hecho de que nuestra tecnolgía superó nuestra humanidad” -Albert Einstein-

Vivimos en la era de la información. Con tal de no ser redundante acerca del tema, me limito a decir: estamos transcurriendo una época en la cual -al menos en los “países desarrollados” y en los sectores medios y altos de los países en desarrollo- la información, la cultura, el entretenimiento, y todos los medios necesarios para su difusión y producción son el foco de la actividad comercial. El desarrollo de tecnologías de comunicación permitió que las conexiones globales -como internet- sean accesibles a una gran parte de la población.

La ingeniería -que en términos generales puede considerarse el motor de la tecnología- ha ido históricamente de la mano con el progreso y desarrollo de los pueblos, ayudando a la adaptación del ser humano a su ambiente y a la mejora de su calidad de vida mediante creación de bienes y prestación de servicios. Entonces, si bien es verdad que el ingeniero -tanto como el científico- se deleita con el poder de la mente y la belleza de la naturaleza al librar su intelecto a la hora de crear, se asume que los desarrollos tecnológicos son, en primer medida, una respuesta ingeniosa a una necesidad humana.
No caben dudas acerca de que, de cualquier manera, geniales y útiles invenciones pueden ocurrir sin una necesidad en frente -tanto sea porque previenen una necesidad futura, como porque son nuevas maneras de explorar nuestra infinita imaginación-. Sin embargo, hay algo muy peligroso acerca de aquellos desarrollos que no se basan en una respuesta a una necesidad cuando los arrastra la inevitable inercia de los mercados: la paulatina aparición de necesidades inventadas.

Para un ciudadano promedio, la palabra tecnología es sinónimo de teléfono celular, televisor LCD o reproductor de MP5, pero pocas veces de redes de fibra óptica, resonancia magnética computada, potabilización de agua, puentes y carreteras o centros de neonatología.
La tergiversación del papel de la ingeniería en el día a día es tal, que para los medios tradicionales los únicos nuevos “avances tecnológicos” son el iPad y el nuevo teléfono flexible de Samsung, y para las casas de electrodomésticos “entrar al mundo de la tecnología” es comprarse la última multiprocesadora con Wi-Fi.
No tengo intenciones ni razones para hacer una crítica directa a la presencia de elementos cotidianos de última tecnología -he estado impresionado por ellos desde chico y en gran parte me han llevado a estudiar Ingeniería-, pero creo que es posible afirmar que el balance entre tecnología necesaria y aquella “supuestamente” necesaria es un poco desmedido.

La tecnología es un medio, una herramienta: comunica a la gente, facilita el trabajo, te permite expresarte. En otras palabras, suple falencias, brinda nuevas capacidades, resuelve problemas.
Tomarla como un fin es quitarle todo su significado, convertirla en algo vacío; promocionar el (pseudo)progreso tecnológico (que se limita a ser la producción de productos electrónicos con características similares y capacidades mayores y mayores, carentes de un enfoque honestamente humano, sin ser específicos acerca de qué necesidades suple es ser recursivo, adorar lo nuevo sólo porque es adorable.

“Vivimos en una sociedad sumamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la cual muy poca gente sabe
algo acerca de la ciencia y la tecnología” -Carl Sagan-

Es obvio que los factores que llevan a esto a ocurrir son muchos, y yo no tengo más capacidad que la de detallar de una manera bastante miope algo que me parece un poco problemático. Puedo apuntar, de cualquier modo, algunos ítems al respecto:
-La obsolencia programada (conocida política de desarrollo económico estadounidense desde los años 50): desarrollar elementos de producción masiva, a bajo costo, y diseñados para que el comprador los reemplace en poco tiempo, ya sea por su baja calidad como porque se torna “obsoleto” con respecto a los nuevos avances.
-La globalización, como internacionalización de mercados y producción, así como de prácticas como la arriba citada.
-Los pequeños actores que, si bien constituyen la masa principal, por su nivel de individualización y segregación no suelen constituir puntos de inflexión. No es raro que tanto los pequeños productores de tecnología como los pequeños medios repitan los discursos y prácticas de los grandes de la industria.
-Los grandes medios y las grandes industrias, que son los que suelen definir el mercado en mayor medida por constituir la mayor concentración de capital.

“El dinero no es nada. Pero mucho dinero… ¡eso ya es otra cosa!” -George Bernard Shaw-

Muchas veces he recibido opiniones acerca de mi elección de estudio (Ingeniería Electrónica) como una muy buena oportunidad para inventar algo “que pegue” (o explotar agujeros de mercado) y llenarme de dinero, como si esa fuera la primera y última de las aspiraciones de un ingenierio. No los culpo, eso es lo que llega a sus oídos, y lo que se refleja en todos los medios en los que se convierte a la ingeniería en mero desarrollo de electrónica de consumo.
De cualquier manera, esto atenta contra nuestra vocación de servicio, y es nuestro deber demostrar, con hechos, que ese paradigma puede cambiar, y que se puede revalorar una ingeniería abierta, respetuosa y enfocada en la gente. Debemos recuestionar nuestro rol, y comenzar a incluir en los balances el beneficio colectivo que producen los proyectos que realizamos.

Es claramente un problema cuando el interés económico y las necesidades artificiales se ponen por delante de las intenciones de cambio y solución de los problemas reales. El sustento monetario debería ser un consecuente de la contraprestación de servicios de calidad -enfocados en el beneficio colectivo-, y no de la simple explotación de la publicidad y del pseudo-progreso tecnológico.

“No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela.” -Albert Einstein-

A aquellos que, además de tener el privilegio de poder disfrutar de los avances actuales, hemos nacido casi nativamente en la era digital, nos es muy común sentir la lejanía de nuestros mayores a la “tecnología” y, muy usualmente, reirnos un poco de ello. Nos jactamos, con la barbilla en alto, de que somos entendedores de las nuevas tecnologías, y sentimos una especie de pena y vergüenza por nuestros padres, tíos y abuelos, que quedan excluidos de este “fantástico mundo”.
Nosotros aprendimos de chicos a adaptarnos al anárquico mundo de Internet y los nuevos medios, pero eso no significa algo inherentemente bueno. Así como hemos sabido aprovecharlos para expresarnos, construir ideas, entretenernos y conocer gente, también hay que admitir que estamos acostumbrados a la tecnología mal enfocada (publicidad excesiva, sitios malintencionados, etc.), y realmente nos hemos convencido que saber lidiar con la basura significa esquivarla, en lugar de juntarla y limpiar el desastre.
Nuestros abuelos y padres, a diferencia de lo que creemos, tienen muchas veces un enfoque más noble de lo que la ingeniería debería hacer por una sociedad, porque suelen analizar más los beneficios reales por sobre los costos y esperar un compromiso serio por parte del prestador del servicio (recordemos, ellos son los que vivieron la calidad y durabilidad de los Ford Falcon y los TV Philco).

La tecnología y la ingeniería deben mostrar su lado más humano para constituir una ecuación más justa para la sociedad. Las nuevas tecnologías tienen un potencial impresionante, y por eso es imprescindible que, para su aprovechamiento como herramienta de progreso social, se haga énfasis en la educación, el desarrollo tecnológico independiente y, especialmente, en entender a la gente que va a terminar usándola.

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