Frágil

ene 17
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Estaban ambos tumbados boca arriba sobre el pasto. Sus miradas se habían perdido hacía varios minutos en el cielo: negro como pocas veces, el contraste con las estrellas era fabuloso; tenían suerte de poder estremecerse ante tanta inmensidad juntos, de compartir esa humildad cósmica. Era de esas cosas que los unían como pareja.

Él estaba medianamente agradecido de que no estaban mirándose el uno al otro. Era consciente de que estaba frunciendo el ceño preocupadamente, pero le era difícil imitar una falsa calma. Si ella lo viera, lo atormentaría a preguntas; no quería intranquilizarla.

Su viaje imaginario comenzó cuando se dió cuenta que ya habían pasado 3 veranos juntos en aquellos prados verdes. Si todo había sido tan rápido, ¿cuánto más tiempo llevaría para que algo los desuna, los haga olvidar el uno al otro?
Recordó con lujo de detalles todos los abrazos que se habían dado, ¿alcanzaba con que sólo ellos dos los sientan?

El sexo había sido siempre excelente, ¿sería verdad que paulatinamente se tornaría aburrido?
La probabilidad de muerte en ruta en el país había aumentado, y una estadística horrible se le cruzó por la cabeza: ¿cuántas historias de amor serán terminadas violentamente por meros accidentes?
Y si, cuando ancianos, ella perecía antes, ¿se haría nuevamente religioso con tal de soñar un reencuentro? Le dolía aceptar que le parecía muy poco probable.
Se preguntaba si estaba mal esperar que su vida valga la pena como para que alguien escribiera su historia. Tal vez el papel era el único paso real a la eternidad.
Veía imágenes bizarrísimas, seguidas inmediatamente por discusiones existenciales con sus amigos.
Deseó con todas ansias que ella esté ahí para siempre, como un ente que acompaña y como un individuo con necesidades.
Soñó con tener hijos, no pocos. Tenía esperanzas de que sean buenas personas. Probablemente serían olvidados en un par de cientos de años.

Todo se conectaba muy rápidamente; frases, rostros, paisajes, tonos musicales, aromas. La vida se le definía como algo ambigüo, nostálgico, hermoso pero inevitablemente finito, desconcertante y a la vez muy gracioso. Agridulce.

De repente creyó tener una pequeña comprensión de por qué todo parecía carecer de sentido: no eran más que animales que habían desarrollado conciencia. La lógica de sus cerebros siempre los desilusionaría frente a las crudas prácticas de la naturaleza; nada tenían que ver. Sólo podían intentar mitigar el dolor y el sinsentido con esfuerzo, humor, imaginación. Entender la crudeza tal vez la hacía más soportable.

En esa vorágine redundante no había principio. Lucharía toda su vida pensando que lo relevante eran sus triunfos, cuando sentía fuertemente que lo que buscaba eran solamente momentos como ése, tan frágiles como valiosos. Pero el de hoy ya lo había conseguido.

Fue ahí cuando pudo finalmente esbozar una sonrisa. Afortunadamente ella eligió ese momento para girar y mirarle. Sonrió en simpatía al verlo calmadamente feliz.

-¿En qué pensás? – le dijo en voz baja.
-En nada – hizo una pausa – o más bien, en todo.

Filed Under: Ficción

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